Un 12 de octubre de más de 527 años:El arribo de la colonización y su persistencia

"La conquista española de la nación azteca" 1936. Diego Rivera
“La conquista española de la nación azteca” 1936. Diego Rivera

Desde nuestra infancia y a través del sistema escolar se nos impuso la idea de que América había sido descubierta por atrevidos y valientes navegantes que buscaban nuevas rutas para el comercio. Hoy, ya no se puede negar que no fueron ni descubridores ni valientes quienes por codicia y con barbarie llegaron a estas tierras.

La esencia de las prácticas colonizadoras europeas en todo el continente fue la demoledora insistencia en deslegitimar la validez de la diferencia cultural de América. El desembarque de las fuerzas europeas “descubridoras” no sólo arrasó con el control ancestral de un territorio diverso, sino que buscó aniquilar las fuentes culturales del mismo, negando la legitimidad de su autonomía y singularidad filosófica, religiosa, cultural, artística y de toda forma de conocimiento.

Esa sanguinaria usurpación centenaria, no sólo pisoteó el territorio, su historia y asesinó a sus hombres y niños, también violó, torturó y desmembró a sus mujeres y niñas. No hubo llanto ni súplica que detuviese tal brutalidad ante quienes desde el ojo eurocentrista eran mirados como no humanos, por hablar otros idiomas, por adorar otros dioses y no ocultar la naturalidad de sus cuerpos, siendo relegados a siglos de esclavitud.

Este efecto colonizador en el escenario americano no se disuelve con el surgimiento de los Estados Nación, sino que se enmascara, desde la República, en la asimilación de estos pueblos bajo la categoría de ciudadanos y como partes habitantes, marginadas por cierto, de los límites impuestos por el periodo independentista. Con lo cual, se asume la integración de los “incivilizados” a la modernidad occidental.

Desde esta mirada europeizante es que quienes “liberaron” a América de la corona española, van a construir sus propias políticas hacia los pueblos originarios. Políticas públicas que en el caso de Chile y el Pueblo Mapuche se forjarán desde el pacto de ciertos acuerdos de convivencia y respeto de fronteras. Es así como en 1823, en medio del establecimiento del Congreso Constituyente de la República se gesta el Tratado de Yumbel que, finalmente, fracasó sin siquiera firmarse entre las partes. Esta fue la antesala para la firma del Tratado de Tapihue de 1825, que si bien respetaba al Biobío como frontera natural entre ambas naciones, de forma contradictoria entregaba ciertas ventajas para la república chilena, como el reestablecimiento de algunas ciudades y la imposición de que “los indígenas debían reducirse a la vida social”. La finalidad real era aplicar la supremacía del Estado chileno y su marco jurídico. Incluso; se ofreció educación gratuita, para así homogeneizar a la población (indígenas, criollos y mestizos) y continuar con la negación colonial de la diferencia. Con ello, no sólo se genera el primer intento de distanciamiento de los mapuche con su lengua madre, sino que también del derecho natural de expresión y representación de su cultura. Luego de ello, la república decide lanzarse a la guerra contra el indio que es difícil de convencer y comienza el reforzamiento de La Frontera desde 1851 y en 1861 la ocupación militar de la Araucanía.

El rol del Estado-Nación chileno

Si destacamos algunos hitos en la historia de la institucionalidad chilena en relación a los Pueblos Originarios, vistos éstos no como una fuerza pasada y estática, sino como un tejido en constante labor, tenemos que para 1845 se promulga la Ley de Colonización. Tras 35 años, casi 7 mil colonos ya se habían establecido al sur del Biobío, ello luego de que la Ley de Reducción de 1866 iniciara un proceso de radicación, alterando la estructura de la organización social mapuche. Reducciones que se convierten según el texto  Institucionalidad pública, participación y representación política de los pueblos indígenas en Chile…, de  Verónica Figueroa Huencho, en un lugar de reestructuración y resistencia cultural frente al modelo dominante. Al aislar y concentrar a la población originaria en reservas, la cultura se reproduce y su identidad autóctona pervive. La carencia de una política integracionista generó que la especificidad mapuche se mantuviese desde la subordinación, lo que a su vez provocó marginación social y empobrecimiento. Luego, la historia continúa siendo poco alentadora para el pueblo de los butalmapu, pues en 1931 la Ley de Propiedad Austral permitió blanquear títulos de tierras obtenidas fraudulentamente a través del despojo y ocupaciones de hecho. De 3.000 comunidades existentes, para 1961 sólo quedaban 800.

Posteriormente, tras el llamado Acuerdo de Nueva Imperial de diciembre de 1989, el candidato Patricio Alwyn se compromete en pos de un futuro gobierno a la recuperación de tierras para uso de las comunidades (de 645 mil hectáreas acreditadas como mapuche, hasta el 2016 sólo 235 mil  han sido devueltas)*; al reconocimiento constitucional de los Pueblos Originarios (que hasta hoy no ha sido efectivo, pues sólo se reconocen 9 etnias y Chile se proclama como nación indivisible); ratificación del convenio 169 de la OIT, (que vino a concretarse recién en 2008, para entrar en vigencia en 2009); y la creación de una nueva institucionalidad pública para el trato de los pueblos autóctonos (Ley 19.253).

Así, con la entrada en vigencia de la llamada Ley Indígena y la creación de la Corporación de Desarrollo Indígena, CONADI, el Estado inicia la implementación del fomento productivo. Actualmente, existen 10 áreas de Desarrollo Indígena en el país, en donde, no se vislumbra un desarrollo desde la cosmovisión de los pueblos, sino que muy por el contrario, se sustenta en un modelo económico neoliberal y, por ende, desde una lógica de utilización de los recursos naturales, mercantilista y unilateral.

"Genocidio Selk´nam". Nadia Yasic y Richard Yasic.
“Genocidio Selk´nam”. Nadia Yasic y Richard Yasic.

La colonización auspiciada desde el Estado no sólo golpeó con violencia al territorio mapuche que  había logrado resistir a la anterior invasión española. El garrote de la expansión territorial también alcanzó las zonas extremas de lo que hoy conocemos como Chile. Aymarás por el norte, cultura Rapa-nui en el Pacífico, Yámanas, Selk´nam y Kawashkar en el sur austral del continente.

En el caso de la zona sur austral, el interés por estas tierras lejanas se inicia con las exploraciones europeas, que llevan, por ejemplo, a Hernando de Magallanes en 1540 hasta el estrecho que hoy lleva su nombre. Para 1843 la república chilena anexaba este territorio a su soberanía de forma cruel y arrasadora. Luego de ello, prosigue otro factor común en este asalto a las tierras ancestrales: la colonización, que en un contexto imperialista,  no sólo saqueaba los territorios (naturaleza, cultura), sino que los explotaba, principalmente con producción ganadera, en aras del progreso nacional.

José Menéndez, por ejemplo, fue un hacendado al que el Estado le entregó miles de hectáreas en la segunda mitad del siglo XIX, donde instaló la Sociedad Exportadora Tierra del Fuego. Un empresario lanero, que precediendo lo que, lamentablemente, conocemos como los zoológicos humanos, impulsó la llamada cacería de indígenas, cuando éstos revestían un riesgo para su industria ovina que provocó una disminución y migración del guanaco, alimento principal de los selk´nam. No sólo pagaba dinero por cada indígena muerto, sino que además vendía como esclavos a mujeres y niños. Estas y otras acciones de los estancieros australes, que provocaron un brutal exterminio indígena fueron censuradas de la historia oficial y legitimadas por agentes del Estado tanto chileno como argentino.

En paralelo, la sociedad alimentaba su identidad chilena con la subsidiada llegada de colonos en oposición a las tribus nativas que supuestamente habitaban estos agrestes paisajes australes de forma miserable. Prejuicios construidos en base a renombrados historiadores de la época como Diego Barros Arana a través de libros como Historia General de Chile, y como Benjamín Vicuña Mackenna con sus discursos antimapuche, fomentando la intervención militar del Wallmapu,  que contribuyeron enormemente a instalar una visión sesgada de los indígenas calificándolos una y otra vez como “flojos, borrachos y violentos”. ¿Le suena?

A la par se construía, también, la imagen del roto chileno y los valientes soldados, quienes provenientes en su mayoría de facciones populares, eran trasladados desde la Guerra del Pacífico en el norte, hasta la llamada Frontera en el sur, para el avance de la soberanía chilena con fundaciones y refundaciones de ciudades como Temuco 1881 y Villarrica 1883.

A pesar de esta gigantesca hecatombe genocida que hasta hoy golpea a comunidades originarias, a la par han surgido resistencias. De forma silenciosa, minuciosa, organizada, con fracasos y victorias y repartida por el territorio americano subyugado a los intereses monárquicos y eclesiásticos primero, y económicos, empresariales y estatales después; las resistencias han sabido adaptarse a las nuevas formas de colonialismo para continuar de pie, con la frente en alto, honrando a sus caídos y caídas en rebeliones y emancipaciones, transmitiendo a su descendencia los saberes acallados, sumando nuevas fuerzas y peleando por su dignidad. El camino sigue siendo sinuoso y desigual sobre todo pensando que los intereses de hoy se sustentan en la misma codicia de ayer.

Descolonizar el ser y el saber

Urge levantar la resistencia y darle el lugar que se merece desde medios de comunicación como este, que no se ajustan a los intereses del capital. Urge dar espacio a los movimientos invisibilizados o criminalizados por su protesta, pues a 526 años del 12 de octubre y esa violenta interrupción en el devenir de las culturas ancestrales presentes en el continente, continuamos cargando el peso de una colonización patriarcal que insiste, a través de la publicidad, de los medios de comunicación social masivos y de las políticas públicas del Estado, en negar nuestra identidad y herencia originaria.

Una herencia que ha sido la piedra en el zapato, pues implica una cosmovisión opuesta a  los intereses del sistema político y económico que basa el desarrollo sudamericano en la fragmentación de la naturaleza y su definición como recurso para el extractivismo. Parafraseando a Boccara y Seguel, los valientes indios que lucharon estoicos ante la corona española, se transformaron en indios malos en tierras buenas para el Estado chileno del 1800. Los mismos que hoy, más de 200 años después, continúan en la búsqueda por rearticularse, reorganizarse y exigen la autonomía y cumplimiento de sus derechos, siendo testigos, generación tras generación, de la expoliación de sus territorios, de la persistencia de la colonización.

Como sociedad heterogénea, diversa y cada vez más colorida, la colonización nos pesa, nos moldea y construye como sujetos. ¿Es posible la descolonización? Sin dudas, es un proceso complejo y transversal que implica un giro para comprender el mundo y renombrarlo, identificando las prácticas colonialistas. Volver a mirarnos desde nuestra diversidad, reconocer en nuestro ser la herencia del discurso colonialista y patriarcal, abrazar nuestras diferencias y particularidades, sacudirnos esa colonización impuesta que busca homogeneizarnos a funcionalidad de una estructura política y económica dominante.

Como dice Silvia Rivera Cusicanqui, –No puede haber un discurso de la descolonización, una teoría de la descolonización, sin una práctica descolonizadora. El discurso del multiculturalismo y el discurso de la hibridez son lecturas esencialistas e historicistas de la cuestión indígena, que no tocan los temas de fondo de la descolonización; antes bien, encubren y renuevan prácticas efectivas de colonización y subalternización. Su función es la de suplantar a las poblaciones indígenas como sujetos de la historia, convertir sus luchas y demandas en ingredientes de una reingeniería cultural y estatal capaz de someterlas a su voluntad neutralizadora. Un “cambiar para que nada cambie” que otorgue reconocimientos retóricos y subordine clientelarmente a los indios en funciones puramente emblemáticas y simbólicas, una suerte de “pongueaje cultural” al servicio del espectáculo pluri-multi del Estado y de los medios de comunicación masiva-.

¿Podemos descolonizarnos de las estructuras de poder, de la hegemonía del saber validado y que practicamos en nuestro accionar diario, a través de nuestra toma de decisiones? Lo cierto, es que este proceso no puede, si no, surgir desde el cuestionamiento, reflexión y análisis del origen e identidad de nuestra memoria colectiva.

Noviembre. Waman Puma

 

(*) “…de 645 mil has acreditadas como mapuche, hasta el 2016 235 mil han sido devueltas…”          Catastro de Tierras y Aguas Indígenas -Zona Sur licitado por FudeaUfro para Conadi. El documento actualmente no tiene libre acceso…”

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